La Cocina (Gustavo Pena)

Conocí al Príncipe (Gustavo Pena Casanova) en Plan B, un boliche de Cabo Polonio. Esa noche, mientras el Príncipe cantaba Pensamiento de Caracol, Cuchi, el dueño de casa, se acercó y me dijo al oído: “Si este hubiera nacido en Nueva York sería B. B. King , ¿entendés?”. Cuatro temas y entendí. Estoy hablando del verano de 2002. Pregunté a mis amigos si había algo grabado de él y me pasaron grabaciones caseras. Lo escuché y me sorprendí. Me parecía que todo el tiempo estaba hablando de cosas que me habían pasado.

Había escuchado que estaba muy enfermo, con una enfermedad que se llama Guillén Barré, que le estaba comiendo los músculos, que no podía hablar, que se había quebrado un brazo y no podía tocar. En fin, que estaba arruinado. Al llegar a Montevideo un amigo me dice si quiero ir a visitarlo y ahí fuimos. Llegamos a su casa y a los cinco minutos nos estaba mostrando la música que había compuesto en esos días. Resulta que estaba componiendo con la computadora y estaba muy contento. No paraba de mostrarnos temas. Le tuvimos que decir que esperara, que nos dejara digerirlos un poco. Hicimos unos ñoquis, hablamos hasta que se hizo tarde, mi amigo se fue y nosotros nos fuimos al bar a seguir conversando. En el camino me contaba lo lindo que era un patio que había conocido en el hospital donde había estado internado los últimos meses. Decía que a las cinco de la tarde se iba al patio, se fumaba uno y escuchaba el canto de los pájaros hasta que se callaban. Mientras, se tomaba un cafecito y se preguntaba por qué la gente que iba al hospital no curtía ese lugar tan bonito. En ningún momento se quejó de lo que le estaba pasando. Contaba su vida, no le parecía ni bien ni mal. Yo en su lugar estaría enfermo, él estaba componiendo canciones.

Y seguí escuchándolo. Volví a verlo. Habían pasado unos meses y al llegar a Montevideo me cuentan que estaba internado en el Maciel, un hospital público. Llego a la puerta de Terapia Intensiva, pregunto por Gustavo Pena y la enfermera me dice que puede ser “ese que está al fondo”. Entro y ahí estaba, dormía. Me quedé un rato a su lado y cuando despertó me dijo que lo disculpara, que no podía hablar. Le pregunté qué necesitaba y me dijo si no podía hacerle unos masajitos en los pies. Así pasamos la noche. Al otro día estaba mejor, lo pasaron a una sala común y me llevó a dar una vuelta por el hospital. En la recorrida me presentó a varias enfermeras como si fueran sus tías.

Ser amigo del Príncipe es una de las cosas más importantes que me han pasado. Él podía ver la vida sin opinar ni sacar conclusiones, sin pensar previamente. Me mostró que es posible soltarse y dejar que eso hable a través tuyo, sin intervenir. Y vivía como componía.

En el verano de 2004 un amigo recién llegado de Europa me dice que tiene un pique para realizar documentales y venderlos en España. Me pregunta si quiero participar y le digo que sí, que podemos empezar con el Príncipe. Me dice que yo elijo arrancar por lo más difícil. Arrancamos en abril y Gustavo muere el 13 de mayo.

Antes de irse nos regaló una parte de sus tesoros.

https://youtu.be/ocgac4S-Emk


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